Análisis de PlayStation All-Stars Battle Royale

 

En The Making of: PlayStation, lectura obligatoria, Phil Harrison se acuerda de cuando tenía pelo y preparaba el lanzamiento europeo de la primera consola de Sony. La anécdota más graciosa es seguramente la protagonizada por Polygon Man. Esto es lo que pasó con la horrible cabeza morada que los americanos quisieron convertir en mascota:

 

Recuerdo entrar en el stand del E3 en 1995 con Ken [Kutaragi] y ver el diseño de Polygon Man en un lateral. Ken se puso totalmente loco», dice Harrison. El problema de Kutaragi era que SCEA había invertido un presupuesto limitado en una marca alternativa. «¡Pero lo que de verdad cabreó a Ken fue que el diseño de Polygon Man no tenía sombreado Gouraud, sino plano!» Así que sacamos a Polygon Man al parking y nos lo cargamos discretamente.

El retorno de esa aberración, como jefe final enPlayStation All-Stars Battle Royale, es una sana muestra de buen humor, pero también un monumento a la falta de carisma que tiene mucho en común con el propio juego: es feo, es innecesario y es, no va a faltar quien se lo recuerde, una mala idea.

La buena noticia es que lo lleva mejor de lo que parecía.

La premisa es tan tentadora como evidente es la referencia, pero el viento no sopla aquí tan a favor como en el caso de Nintendo; si algo no ha cambiado en estos diecisiete años, es la relación de Sony con el concepto de mascota. Es una reunión extraña, con invitados que parecen no conocerse ni querer integrarse, pero que se ponen de acuerdo para ignorar las preguntas incómodas y centrarse en los guantazos.

En el diseño de los combates, de sus mecánicas, es donde destaca Battle Royale. Los muchos elementos prestados —el doble salto, el bloqueo más dirección para esquivar… el aspecto general, carajo— se ponen delante durante unos primeros enfrentamientos de esos que arquean cejas. Con el tiempo, sin embargo, va quedando claro lo que busca SuperBot: su título acaba estando sorprendentemente cómodo en un hueco entre Smash Bros. y algo más tradicional, más de Capcom. Está más cerca de lo primero, sí, pero se mueve a unas pocas revoluciones más y añade combos bien implementados, que se pueden practicar en un modo parecido a los desafíos de Street Fighter IV. El botón X es para el brinco, claro, y los otros tres frontales correponden a golpes que varían si se acompañan de una dirección. Para los agarres hay que inclinar el stick derecho.

Cuesta cambiar de chip y acostumbrarse al hecho de que todos esos golpes, en lugar de hacer daño al rival, rellenan tu barra de ataques especiales. Son tres niveles de carga para tres movimientos distintos, los que sí sirven para fulminar a los demás y ganar puntos. Sacan partido, de una forma muy básica pero igual de efectiva, de ese puntito estratégico que implica el riesgo-recompensa: el ataque de nivel uno es menos destructivo que el de nivel tres, pero te la juegas un poco más cuando ahorras, porque el combate puede terminar —por tiempo o por límite de bajas— antes de que acumules toda esa energía. Hay otra capa, en ese sentido, determinada por el personaje: con su especial más potente, Heihachi encadena a todos los contrincantes a un cohete de aquella corporación extraña que tiene. No falla, pero tampoco puede pasar de tres muertes. Con Raiden, en cambio, hay que encontrar a los demás —metidos en las kojimescas cajas de cartón, aunque en algunas solo hay sandías—, pero si vas rápido puedes repetir: lo mismo te llevas por delante a dos que a cinco.

Cualquier experto tocará el techo antes de lo esperado y a los del polo opuesto no les vendría mal un poco más de accesibilidad, pero PlayStation All-Stars Battle Royale resulta perfectamente cómodo para la mayoría. Es un juego de lucha más que competente, por mecánicas y por luchadores: son lo bastante distintos y aúnan bien estilo y personalidad, mediante animaciones logradas y accesorios característicos no paran de aparecer. El gran Nate saca una tirolina de la nada, Sackboy despliega sus menús de edición; todo bien ahí, para compensar unos objetos desechables realmente sosos.

Hay quejas sobre un Kratos que abusa con sus cadenas y de un Radec que ralla demasiado con sus proyectiles. Yo, como de costumbre, veo a los espadachines un poco por encima del resto. Algún reajuste caerá seguro, pero no he visto nada lo bastante grave como para arruinar las pachangas con amigos; no puede ser otra su función, igual que no tiene sentido el uno contra uno, por mucho que se pueda y por mucho que digan.

Y aunque el plantel se las apaña con lo que tiene, se hace escaso. No son todos los que están —Big Daddy, ¿en serio?— y, más preocupante, no están todos los que son. Faltan aquí muchos de los que de verdad hicieron crecer la marca PlayStation; las ausencias de Crash, Cloud y Solid Snake son simplemente injustificables. Tampoco hay sacrilegios, por suerte, y los personajes del Team ICO y thatgamecompany se quedan en su casa. Veremos qué puede decir el DLC sobre uno y otro asunto.

El núcleo del diseño acapara las buenas ideas, quedando el envoltorio muy por debajo de lo esperado. La experiencia para un jugador, sin una Modo Historia en condiciones, se queda absurdamente lejos del listón que colocó “El emisario Subespacial” de Super Smash Bros Brawl. Poco o nada se trabaja la excusa para juntar a personajes tan dispares, en un Modo Arcade descafeinado, con un dos o tres imágenes cutrillas y pseudoanimadas, para cada personaje, al principio y al final. Se desbloquean iconos, mascotas —¡ese Sully cabezón!—, un traje alternativo, posturas para celebrar las victorias y frases para la chapa que se luce en el multijugador, pero no hay extras especialmente interesantes ni mini-juegos para darle al asunto un tono mínimamente festivo. Ayudan poco unos menús horribles y una música que, cuando es propia, se olvida a medida que suena 1. Battle Royale representa en cierto modo esa dictadura del gris y del marrón, e incluso sus escenarios más bonitos y coloristas acaban destrozados por un engendro mecánico gigante. Literalmente, vaya: el pobre Maestro Cebolla se queda sin dojo por culpa del robot de Killzone 3 y un Metal Gear Ray se carga el fondo de LocoRoco.

Es muy directo, demasiado, muy de online: en los torneos clasificatorios y en los combates sin presión está todo lo necesario. La cosa va mucho mejor que en la beta, sí, y no he sabido encontrar esos problemas con el lag de los que hablaban algunos.

Tenemos, en resumen, dos mitades que se hablan poco: un buen juego de lucha, con facilidad para divertir, pero al que le cuesta destacar por lo poco que colaboran la presentación y el contenido. Soy incapaz de imaginar cómo alguien podría estar más orgulloso con el legado videojuerguista de Sony tras echar unos cuantos combates; PlayStation All-Stars Battle Royale no consigue reivindicar nada, es un repaso borroso y poco favorecedor a esos 17 años de pley. El único favor que le hace a la compañía y al sonyer es el de demostrar lo bien que funcionar el juego cruzado entre PS3 y Vita. Al jugador, por suerte, sí le ofrece un pasatiempo de ese puro y duro que, con amigos, entra solo. 

NOTA FINAL: 7

Articulo tomado de http://www.anaitgames.com/

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